miércoles, 13 de enero de 2016

A la Divina Pastora (poemas y fotografías)

Imagen clásica de la Divina Pastora. Archivo de Concepción Parada



Representación viviente de la Divina Pastora (archivo de Dulce Cabrera)

A LA DIVINA PASTORA (*)



Salve de Glosa
Vide bajar una pastora
toda cubierta de fieles
que por descansar se sienta.  
debajo de unos laureles.

La Divina Pastora (Archivo de Maritza Torres Cedeño)

                    I
En un oloroso prado
de una instancia florida
bajó buscando su vida
al pie de un monte encumbrado
luego, al instante ha bajado
una música sonora
la cual es encantadora
más que un lucero brillante
y en un coro muy triunfante
vide bajar una pastora.


La Divina Pastora y devotos (archivo de Carmen Colmenarez)
                 
II
Ya la llevan al misterio
trinando con dulce acento
le hicieron salva en el viento
las águilas del imperio
y como el rey Desiderio
disciplina los claveles
ya la llevan dos fieles
ante mi Dios muy ufanos
bajaba en silla de mano
toda cubierta de fieles.

La Divina Pastora en procesión (archivo de Carmen Colmenarez)
               
    Detalle iconográfico (archivo de Carmen Colmenarez)

  III
De románticos olores
todas hierbas se le ofrecen
y constante le obedecen
árboles, plantas y flores,
los músicos ruiseñores
le cantan en la floresta
y cupido le amonesta
un aguinaldo famoso
lo recibió muy gustoso
y por descansar se sienta.


Imagen en el archivo de Carmen Colmenarez

               IV
Ya la llevan de regreso
 a una cristalina fuente
las águilas muy sirvientes
y las ninfas del Palmazo
y luego, paso entre paso,
a pintar le mando fieles
con sus dorados pinceles
y habiéndola retratado
dejó sus vivo grabado
debajo de unos laureles.  

Antes de la serenata
Representación viviente de la Divina Pastora (Archivo de Carmen Colmenarez)

                           Representación viviente (archivo de Dulce Cabrera)

(*) Versión libre de Luisa María González sobre un poema publicado en “Las Décimas del Abuelo”, compilación del maestro Wilmer Pereza, editado por el Fondo Editorial Cerbero (Barquisimeto, 2011)


Gracias por su visita 
Isaías Medina López

Vea también: Cantos de Parranda: Divina Pastora, Tonada Navideña de La Flor de Cojedes (versos,  fotografías y audio musical) http://letrasllaneras.blogspot.com/2013/11/cantos-de-parranda-4-divina-pastora.html

martes, 12 de enero de 2016

El Jinete y otros cuentos breves de Ednodio Quintero

Imagen de Manuel Abrizo en archivo de Argenis Aguero




***Motivos de gran admiración son para el llanero los  cuentos de caballos y de gallos de pelea. Bajo tal premisa les dejamos varias narraciones del afamado cuentista venezolano Ednodio Quintero.

JINETE
En mi pueblo vivía un loco que montaba un caballo de palo. Una noche, por encima de los tejados alumbrados por la luna, pasó una bruja encaramada en una escoba. El loco la vio pasar, y sin pensarlo dos veces clavó las espuelas al caballo. Nunca más supimos del jinete.

AMPUTACIÓN
Los médicos decidieron amputarle la pierna, pero el paciente se opuso. Dijo que conocía un remedio eficaz que lo sanaría en un par de semanas. Los médicos le advirtieron que la infección podría invadirle otros órganos. El enfermo mantuvo su posición y se aplicó el remedio con esmero... y ceguera, pues mientras la pierna mejoraba, el mal se ramificaba en todas las direcciones. La pierna sanó por completo, lo que no dejó de asombrar a los médicos. Sin embargo, considerando el triste estado del paciente, decidieron amputarle el resto del cuerpo.

MUÑECAS
Cuando murió mi hermanita la enterramos junto con sus muñecas para que le hicieran compañía. Transcurridos noventa años de aquel triste suceso, he llegado a convencerme que las muertas fueron las muñecas, y enterramos también a mi hermanita para que les hiciera compañía. 

EL CABALLO AMARILLO 
Si yo soñara que soy algo más que un caballo amarillo: despojado de resabios y relinchos, reducido a la infeliz condición de bípedo pensante, enfilaría mis pasos rumbo a la ciudad más cercana, aquella que se vislumbra allá en el extremo sur de la llanura, y en la cual afloran altas chimeneas oscuras manchando de hollín el cielo sin nubes de esta mañana de septiembre.
Me confundo entre la multitud sudorosa que sale del estadio. A empujones y codazos logro abordar un destartalado autobús repleto de escolares macilentos y ancianas desdentadas. A través de la ventanilla contemplo el desfile de árboles raquíticos que bordean la avenida. Un desconocido de rostro patibulario se me acerca sonriendo y me da una feroz patada en la espinilla. En silencio lo maldigo mientras me retuerzo como un gusano fulminado por un rayo de sol.
Desciendo en la esquina del mercado y me envuelve el olor a pescado podrido mezclado al vaho que asciende del fondo de las alcantarillas. Las moscas oscurecen el aire, y una rata asoma el hocico desde el bolsillo del saco de un mendigo ciego. Más allá, sentada en el umbral de una puerta rosada, una anciana prostituta se asolea las rodillas. Siento hambre, escarbo inútilmente en mi faltriquera, y me alejo poco a poco sin darme cuenta del sosegado ritmo de mis pasos.
Por un rato ando extraviado entre el humo de las fábricas, el ruido de los autos, el bullicio de los chicos que juegan al fútbol, las piernas rollizas de una mujer alta y rubia que arrastra un perro de pelaje oscuro. Y un viejo amigo que me saluda llorando. Otra vez escapo y creo refugiarme en la silenciosa intimidad de una iglesia. Me aturde la voz afeminada e irritante de un joven sacerdote, ojos azules y mejillas recién rasuradas, que agita un Cristo con cara de perro regañado y vocifera en un idioma extraño, mezcla de latín; sánscrito y arekuna. Me escurro sigilosamente y vomito en la acera.
Casi sin interrupción me veo ahora sentado en un sofá, en la sala de unos parientes idiotas. Celebran mi visita con cuchicheos y sonrisas sesgadas. Me ofrecen café o té o limonada. Revolotean a mi alrededor como pájaros bobos. Recuerdan a la abuela asesinada durante una fiesta de carnaval de los años cincuenta y a la tía Margarita atacada de sarna perruna. Asqueado me despido, y con el golpe de la puerta comienzan, por tumo, torpemente, a enterrarme en la espalda los puñales que ocultaban entre sus vestiduras.
Afuera la tarde es una flor anaranjada desgajándose lentamente. Las puntas de mis zapatos mellados señalan el camino de regreso. Me resisto a pensar. Mi cerebro es una cueva blanquecina, limpia y desolada, en la que, a intervalos muy breves, se desliza una sombra. Apenas una sombra y el obstinado revolcarse del viento entre los árboles. Tarareo una melodía triste y desafinada, y desciendo por el callejón pateando una lata de cerveza.
Al llegar a mi casa me aguardan los gritos de mi mujer y el llanto de nuestros hijos. Mi mujer ha enflaquecido y los senos le cuelgan como una piltrafa. Los chicos tienen hambre. Patalean y me saltan encima y se me suben por todas partes como hormigas. Me derriban, aúllan y pisotean mi cuerpo fatigado. Entonces me despierto y libre ya de pesadillas me afinco en mis patas traseras, de un salto me levanto, relincho de contento, galopo y el viento sacude mis crines amarillas.

*LA MUERTE VIAJA A CABALLO
Al atardecer, sentado en la silla de cuero de becerro, el abuelo creyó ver una extraña figura, oscura, frágil y alada volando en dirección al sol. Aquel presagio le hizo recordar su propia muerte. Se levantó con calma y entró en la sala. Y con gesto firme, en el que se adivinaba, sin embargo, cierta resignación, descolgó la escopeta.
A horcajadas en un caballo negro, por el estrecho camino paralelo al río, avanzaba la muerte en un frenético y casi ciego galopar. El abuelo, desde su mirador, reconoció la silueta del enemigo. Se atrincheró detrás de la ventana, aprontó el arma y clavó la mirada en el corazón de piedra del verdugo. Bestia y jinete cruzaron la línea imaginaria del patio. Y el abuelo, que había aguardado desde siempre ese momento, disparó. El caballo se paró en seco, y el jinete, con el pecho agujereado, abrió los brazos, se dobló sobre sí mismo y cayó a tierra mordiendo el polvo acumulado en los ladrillos.
La detonación interrumpió nuestras tareas cotidianas, resonó en el viento cubriendo de zozobra nuestros corazones. Salimos al patio y, como si hubiéramos establecido un acuerdo previo, en semicírculo rodeamos al caído. Mi tío se desprendió del grupo, se despojó del sombrero, e inclinado sobre el cuerpo aún caliente de aquel desconocido, lo volteó de cara al cielo. Entonces vimos, alumbrado por los reflejos ceniza del atardecer, el rostro sereno y sin vida del abuelo.

*EL GALLO PINTO
Mi tío tenía un gallo pinto que se alimentaba de alacranes vivos, Un domingo de Ramos el gallo amaneció cantando y aleteando, eufórico, alborozado, como si celebrara algún sueño grato. Mi tío se contagió con la alegría del gallo. Le tanteó las patas que le transmitieron una oleada de calor, y mirando el cielo sin nubes decidió que el día era propicio para poner a prueba la capacidad guerrera de aquel soberbio animal de alas negras, pecho atigrado y espuelas de marfil.
En la gallera bulliciosa la estampa del pinto impresionó a los apostadores, que se movían inquietos en sus asientos de madera mientras mi tío aguardaba desafiante en el centro del ruedo. De la primera fila se levantó un viejo patilludo, ojos como brasas, sombre­ro ladeado, que sostenía entre sus manos un hermoso gallo pareci­do a un águila. Con voz ronca, atronadora, se dirigió a mi tío: “Mi marañón contra su pinto, don Marcos, al bulto y sin igualar espuelas”.
El combate fue breve y habría de prolongarse para siempre en la memoria de los espectadores, pues, a los primeros aletazos del cuerpo del gallo pinto comenzaron a brotar alacranes que en un instante devoraron al marañón. En la confusión que antecedió a la desbandada salieron a relucir puñales, garrotes y algún revólver de cañón ahumado. Se escuchó el ruido seco de un disparo, y mi tío se desplomó, largo y pesado como un cedro de las montañas. Gritos, resoplidos, maldiciones. Luego el silencio. Y del pico y de las alas Y de la cola reluciente del gallo pinto continuaron brotando alacranes, que se comían los portones y las vigas, los árboles de la plaza, el puente colgante, las estatuas.

***Textos transcritos de: Cuarenta cuentos de Ednodio Quintero (Caracas, 2007), publicados por Monte Ávila Editores Latinoamericana. 

martes, 5 de enero de 2016

Cuentos de Arrieros y del Antiguo Llano (6) El Pianito de Marialina


El arpa es instrumento musical típico de El Baúl (archivo del Grupo "Guarura)

EL PIANITO DE MARIALINA (Ramón Villegas Izquiel)

Cuando yo llegué a la edad de la razón, hace ya algún tiempecito, por cierto, Marialina (así pegaditos los dos nombres, tal como la llamaban), era toda una mujer hecha, derecha e independiente. Vivía en la vecindad de mi casa en El Baúl, mi pueblo, i yo la visitaba con mucha frecuencia por una típica chuchería que sólo ella sabía confeccionar. Lo afirmo porque desde su época jamás he vuelto a ver tal golosina en ninguna parte. “Agitones” los llamaba i hasta sería por el agite que le entraba a nuestros intestinos cuando los comíamos en exceso, calientes i además bebíamos agua encima de ellos.
Consistían los tales “agitones” en unos cubos, como dados huecos, hechos con masa de maíz aliñada a base de manteca, papelón, queso i anís, asados en budare.
Cómo lograba armar esos dados vacíos, es algo que siempre me ha intrigado desde entonces hasta hoi.
Empero no solamente por esa habilidad es merecedora del recuerdo Marialina, pues, como ya lo veremos, tuvo otras facetas existenciales dignas de las páginas, un tanto desvaídas ya, de la historia local.
Su porte era menudo, la piel oscura, voz ronca i cabello “afro”, como ahora llaman con cierta indulgencia a las “tumusas” de las negras. Por esto los “blancos” de la localidad le decían “La Negra Marialina”.
Avispada i festiva, su día onomástico era muy esperado, por las agradables fiestecitas con que solía celebrarlo: Baile con la mandolina de Tomás Zarrameda o de Pedro Niño. Dulces hechos en la propia casa al estilo de entonces i un coctel -como también llaman ahora a las “guarapitas” i “tigres” de antaño- a base de aguardiente de caña, almíbar, limón i rojo vegetal. La diversión concluía generalmente con un substancioso sancocho de gallina, ya enfriando la madrugadita.
Esta Negra Marialina desapareció del pueblo, quién sabe para dónde, o por lo menos yo no supe más de ella hasta tiempo después cuando reapareció con un señor alto, enjuto i moreno “pelo malo” como ella. Este señor esposo de Marialina fue designado inmediatamente como el Maestro Tejero, porque recién llegado se dedicó a fabricar tejas en uno de los hornos de alfarería abandonados desde años atrás i que aún pueden encontrarse ente el boscaje al otro lado del río Cojedes que corre al norte de la población.
Me dijeron que la Negra apareció casada desde los lados de Arismendi en el estado Barinas (Zamora entonces), pero para mí tengo que su marido debió ser oriundo del litoral aragüeño, en donde yo he conocido personas mui parecidas al Maestro José, cual era su propio nombre, tanto en lo físico como en la urbanidad de sus maneras. I también, porque entre los nuevos atuendos traídos por ella a su regreso, aparte, por supuesto, del flamante marido, se contaba la novedad de un pianito de manigueta, inusual por completo en nuestros llanos i sí característico de la región costeña del norte del país, ya mencionada.
El pianito en referencia vine siendo más o menos el organillo de los europeos i argentinos: Una caja de música grande, aunque portátil, constituida por unos tendidos de cuerdas, las cuales se tañen mediante un cilindro rotatorio erizado de púas. Todo dentro e un cajón ad hoc provisto de cinturones para portarlo. El ejecutante lo acciona mediante un manubrio, como si estuviese moliendo algo en un molino manual doméstico. Por esta característica su melodía es llamada humorísticamente “música molida”.
Con la vuelta de Marialina, ahora con don José i su pianito, se reanudaron las celebraciones onomásticas, con el importante añadido del día de San José de quien aquél era homónimo.
Fueron más pintorescos entonces sus festejos, pues a los instrumentos locales se agregó el artilugio recién traído, cuyo manejo realizaba el anfitrión trajeado de punto en blanco i con el aire de un virtuoso ejecutante de un concierto de alto vuelo.
Marialina en verdad, no sabía bailar. Sólo daba brinquitos, i por su color me recordaba al oso amaestrado del organillero bigotudo en una estampa en uno de mis libros primarios de lectura, no recuerdo bien si el Mandevil o el Mantilla.
Ahora bien, como esos artefactos -según tengo entendido- no reproducen con el mismo cilindro sino mui pocas composiciones musicales, a la larga resultan monótonos, cuando no se cuenta con otros rodillos adicionales. Esta circunstancia desfavorecía al Maestro José quien solamente contaba con uno solo.
Por el motivo antes dicho, resolvió una vez cambiar la posición de los clavitos, buscando otras combinaciones para nuevas melodías. Fue así como un buen día de fresca mañana i alegre sol. Se dedicó a sacarle todas las púas a dicho rolo, como quien pela un puercoespín con una tenaza. Después procedió a colocarlas en los nuevos sitios ubicados ¡sabría Dios mediante cuál esquema! Durante días lo vi observar i clavar con infinita paciencia hasta concluir su engorroso trabajo.
I llegó por fin el día de las Marías. Pusieron la esperada fiesta, en la cual estrenarían nuevas piezas en el arreglado pianito. I sucedió… Sí, sucedió que cuando nuestro ejecutante con aire solemne de solista consumado, giró el manubrio, las cuerdas respondieron dócilmente a las nuevas posiciones de las púas y brotó, amigos míos, una sarta de notas inconexas sin ninguna armonía. Les diré para mayor claridad en mi explicación, que sonaban más bien como una llovizna gruesa cayendo sobre unas latas vacías. (I en este punto medito: Quién sabe si el Maestro José peló la época, pues tal vez hoy estuviese grabando con muchos éxitos los disparates de su organillo).
Mas no lo supongan vencido por tal descalabro melódico. Al contrario, sin darse por enterado afirmó: “Este es un tango merengue para que lo baile María con don Manuel Antonio”.
Don Manuel Antonio Jiménez, añorado amigo ya fallecido, era gordo como aquellos payasos rellenos de paja con los cuales solían complementarse las corridas de toros en los pueblos. Pero como Don Manuel Antonio era, además, un cordial parrandero, él i su alegre pandilla, por beberle el aguardiente i comerle el sancocho a esta ingenua pareja, no tenían ningún empacho en llevarles la bola hasta la “pata del mingo”, si así hubiese sido necesario.
Bailó, pues, don Manuel con Marialina, bamboleando su obesidad en medio de la sala, mientras la negrita giraba dando saltos como María Moñitos jugando una ronda alrededor de una ceiba.
Sin embargo, este segundo debut del pianito tuvo la trascendencia de establecer una especie de convención, según la cual, por más disparatadas que saltasen sus notas, debía bailarse el ritmo anunciado previamente por el ejecutante. Es decir, cuando don José advertía: “Voy a tocar un pasodoble”, todo el mundo bailaba pasodoble… ¡i punto!
Los invitados lo hacían siguiendo cada quien más o menos su ritmo interior, pero como la pobre negrita carecía por completo de oído musical i rítmico, se afanaba matando unas hipotéticas hormigas, calzadas con unas botas de media caña, mui pasadas de moda ya, pero lucidas por ella con femenil coquetería.
Era entonces cuando su marido le advertía: “Coja el compás, Marialina. Con compás Marialina”.
Esa advertencia la recordamos todavía algunos de los muchachos de entonces, porque hasta mereció su ingreso por algún tiempo al refranero del pueblo.
Pasaron los años. Murió el Maestro José i creo haber sido en la casa de Olimpia Torres donde vi por última vez el pianito, arrumbado en un cuarto, con el teloncito de tela de hamaca que cubría sus cuerdas, desvaído ya como bandera derrotada por el tiempo.
Yo me fui del pueblo i cuando volví, hombrecito ya, Marialina vivía el ocaso de su existencia con enhiesta vejez en digna pobreza… i haciendo sus “agitones”.
Mis plantas, obligadas por anhelos i necesidades, me ausentaron nuevamente, por lo cual cuando ella murió yo ni lo supe. ¡Quién se iba a preocupar por difundir el óbito de esa humildísima poblana! I sin embargo mucho merece su ya borrosa memoria este homenaje que mi desplumada pluma le rinde ahora.
Ojalá i el Gran Músico del Universo haya asignado en alguno de los conjuntos musicales del cielo, lugar destacado al maestro José, con un organillo napolitano legítimo, afinado i reluciente de puro nuevecito.
Pero, Señor ¡no pongas a bailar a Marialina! Mucho mejor sería si la destinases a deleitar a los angelitos con sus sabrosos “agitones”. Eso sí: Siempre i cuando allá en la Gloria tengan suficiente provisión de bicarbonato de sodio.

lunes, 4 de enero de 2016

Cuentos de Arrieros y del Antiguo Llano (5) La Casa Abandonada

Una de las muchas casas del Llano consumida por "el monte"
 (archivo de Samuel Omar Sánchez)


LA CASA ABANDONADA (Ramón Villegas Izquiel)

Según quienes se han dedicado a historiar la endemia palúdica nacional, ésta debió ingresar al centro del país procedente desde las inhóspitas lejanías sureñas, traída sobre todo por el constante tránsito de las guerrillas intestinas, itinerantes por todo el territorio durante el siglo XIX i comienzos del que ya termina.
Se relaciona incluso su llegada a nuestra región cojedeña con la gente de tropa del ejército liberal conducido por el General Antonio Guzmán Blanco.
Ciertamente este Presidente en campaña estuvo en 1872 con su hueste durante varios días en El Baúl, población donde fue objeto de esmeradas atenciones. Se recuerda, por ejemplo, el esplendido almuerzo ofrecido por don Juan Miguel Iturriza, no obstante su condición de destacado dirigente del Partido Conservador, en su mansión familiar – hoy en ruinas – conocida como La Casa de Alto.
Después de Guzmán i sus combatientes, dícese que el paludismo se quedó entre nosotros, como por especial afición a los organismos de los Cojedes, pues permaneció por acá con su virulencia letal hasta los años cuarenta, no tan lejos todavía.
Fue esa la época de la esforzada División de Malariología, cuya cabeza visible aquí en Cojedes lo fue Don Chucho Herrera, desterrado por cierto de la débil memoria de una colectividad en permanente deuda con el sus diligentes legionarios.
(Como recordatorio indirecto de estos benefactores de la patria i respetado hasta ahora por el tiempo i el urbanismo, se conserva aún en San Carlos donde la vieja Avenida Bolívar converge con la moderna “José Laurencio Silva” un pontón sobre uno de los tantos drenajes abiertos por ellos i cuyos brocales tienen la moldura con la leyenda MALARIOLOGÍA).
Hecha esta justiciera digresión, regresemos a nuestro pequeño pueblo, que amarillo se nos puso la piel de su gente, con parecido color al pendón liberal. Aunque justicieramente debiérase agregar que los seguidores de la enseña goda, trashumantes también por diversas regiones, debieron haber distribuido igualmente su dosis de ponzoña malárica por donde pasaban.
Sea como fuere, amarillos nos pusimos como “clavel de muerto”, hermosa cuanto humilde florecilla, adorno de la naturaleza en las tumbas de los cementerios aldeanos. Pues este omnipresente fantasma rezagado de nuestras guerras fratricidas, apoyado en las carencias i las parasitosis, actúo también aquí con la misma virulencia de allá en el Ortiz de "Casas Muertas". I no está demás la cita, pues el padre Francisco Javier Peña, según leí hace algunos años en un reportaje periodístico i acogiéndome a la fidelidad de su autor. I me han dicho, además, algunos más viejos que yo, que ese joven cura oficio su primera misa en el templo de nuestra población, la cual fue su primera parroquia, hasta que lo hicieron salir unos caciquitos lugareños tan dañinos como las propias enfermedades.
Fue por ese tiempo malárico cuando comenzó la ruina del pueblo, disimulada a veces con algunas ruidosas fiestas patronales, algo así como para espantar al miedo, i aprovechadas por algunos forasteros tramposos i protegidos del régimen gomecista imperante para sacarle a la comunidad con gallos “engomados” i dados “compuestos”, el mísero producto de la venta de vacas paridas a comerciantes inhumanos por veinticinco bolívares, lo que de vaina les alcanzaba la mayoría de las veces para comprar antipalúdicos o el género blanco para la mortaja del hijo difunto.
Solos nos fuimos quedando. Solos, pues el señor paludismo se dedico también a desarrollar su programa de “soluciones habitacionales”, como se dice en el lenguaje oficial de nuestra época. Por lo cual quienes no se iban a tiempo del pueblo, corrían el riesgo de ser reubicados desde sus propias casas para una parcelita en el condominio municipal denominado Camposanto, porque sus vecinos – pienso yo – no riñen entre sí aunque les encaramen otro encima. Mi familia – me enorgullece apostillar – fue una de las que se negaron a emigrar, no obstante haber tenido posibilidades para hacerlo, por el amor entrañable que el bauleño de cepa le tiene a su llanero terruño.

Con el transcurrir del tiempo muchas casas quedaron abandonadas. Hasta el templo se quedó sin cura residente por largos años, para tristeza recóndita de los fieles que lo atribuían a castigo del Cielo por lo sucedido con el Padre Peña. Las humildes imágenes estaban siempre envueltas para su protección de las asquerosidades de los sacrílegos murciélagos, en unas telas a manera de vendajes, como las víctimas de esos tremendos accidentes autobuseros de ahora, dicho sea con el debido respeto.

Volviendo a lo de las casas, en éstas dejaban a veces sus emigrados amos hasta unos cuantos inservibles cachivaches, lo que convertía a los muchachos de entonces en una especie de especie de espeleólogos urbanos, explorando aquellos tétricos caserones en busca de algunos desechos para surtir la escasa variedad de rústicos juguetes: Ruedas de máquinas de coser para construir carros. Una vitrola vieja para las prácticas de mecánica. El esqueleto de un revólver o el resto de un sable leproso de oxido, frecuentes en nuestros solares, etc.

Será por estos recuerdos acumulados durante mi niñez que las casas abandonadas tienen todavía para mí una nostálgica carga poética, en su enigmático silencio cargado de insospechadas vivencias extinguidas, la mata de reseda dando a los vientos realengos su perfume sin destino, o el granado enhiesto meciéndose tristemente como abandonado guardián de los patios solitarios.

***
Caía una tarde de cigarras lejanas cuando, incursionando yo en una de aquellas casas desoladas, la sorprendía a ella recogiendo de un rincón una muñeca de celuloide ya sin brazos. Se espantaron nuestras miradas, asustadas por la tímida simpatía adolescente cultivada con reojos cuando salíamos de las respectivas escuelas de varones i de niñas. Empero la soledad del momento alentó el instinto posesivo del varón ya en madurez. Le agarré las manos casi desleídas en sudor helado. Me quedé mirándole mui de cerca sus grandes pupilas verdes, como dos metras cristalinas que, por lo mismo, siempre conservaba yo en la faltriquera de la blusa. La abracé i quise besarla en los ojos: - ¡No – me dijo – Me da miedo! I deslizándose como un reptil de seda, se zafó de entre mis brazos i rajó corriendo hacia el patio desierto.
Estático me quede en el quicio de la puerta desvencijada, mientras ella, pálida i larguirucha, con los cabellos de cocuiza saltándole sobre los hombros, desaparecía por un boquete de la empalizada hacia el solar de la casa vecina.
Nunca más la tuve tan cerca de mí. Un día me marché del pueblo i tiempo después supe que ella siguió también el itinerario trazado por el destino en la agenda de su existencia.

Jamás la he vuelto a ver. Ni siquiera sé si aún vive. Sin embargo todavía la evoco en las barbas del maíz jojoto, en las cimbreantes matas de granadas, en las adolescentes delgaditas de trajes desgarbados, en los patios tristes de las casas solitarias i, sobre todo, en el recuerdo de las dos canicas verdes, pérdidas quién sabe cuándo, ni dónde, porque cada vez que me las sacaba del bolsillo era como tener en el cuenco de mi mano sus dos pupilas transparentes que ya el tiempo habrá tornado opacas esta evocación, brumosa también por tanta lejanía.

domingo, 3 de enero de 2016

Cuentos de Arrieros y del Antiguo Llano (4) El Gallo que vino de Apurito

Niño de la sabana. Imagen en el archivo de la desaparecida cantante 
de Música llanera Elisa Guerrero



EL GALLO QUE VINO DE APURITO 
(Ramón Villegas Izquiel)

Mi pueblo, El Baúl, está situado en la margen derecha del rió Cojedes, por lo cual vale decir que nací y pase gran parte de mi infancia asomado al espejo de sus aguas, sumergiéndome en su frescura i arrullados mis sueños por el suave rumor de su corriente entre arrecife i manglares. Es muy bello en verdad vivir a orillas de los ríos. Nos arroba contemplar las frondas ribereñas reflejadas en la luna de sus aguas con serena profundidad, Sobre todo en las horas lánguidas de los atardeceres cuando el crepúsculo diluye en ellas sus nubes de almagre. Oír los contrapuntos de los pájaros en los amaneceres i en el silencio de la noche, el salto de algún pez sobre la superficie o el grito asustado de un ave, sorprendida quizá por algún depredador furtivo en la tranquilidad de su sueño aspirar las humedad emanaciones de sus brumas o sumergirnos en el para que el agua nos envuelva con sensual caricia de mujer amante luego la brisa nos enjuaga con sus casi impalpables debitos de ángel. Aunque peligrosa como mujer hechicera, lo es también la serenidad de los ríos llaneros, sobre todo en las crecidas, lentas, pero inexorables en la expansión de sus aguas. Al influjo de estos ríos i al de las sabanas abiertas atribuyo de halla tanta poesía en el alma del llanero, que si no la escribe la canta y si no la canta la siente, alimentado espiritualmente por las interminables travesías del espinazo del caballo en las fluviales embarcaciones.
Ya está dicho que los ríos son caminos que andan i con ellos andan también los hombre y sus consejas.
El nuestro fue en una época exclusiva ruta durante la estación lluviosa para comunicarnos con otras poblaciones de la llanera región. Por tal motivo muchos bongos entraban i salían en los embarcaderos de la población y la actividad bongueril era de la mayor importancia entonces.
Los bongueros, por su parte eran gente disipada, bebedora, aficionados a los fustanes y amigos de contar con grueso gracejo las propias y ajenas peripecias y calamidades, así como leyendas de aparecidos y encantamiento en los parajes de sus andanzas. Es decir, que estos cristianos en muy poco tiempo se diferenciaban de sus congéneres marinos, pues tal como ellos y en una propia escala, sufrían las penurias i sobre saltos de la navegación, así como las abstinencias por largos periodos de la añorada ternura femenina.
Por esta última razón, cuando llegaba alguna flotilla desde San Fernando de Apure, un tío mió quien me referiré, mas adelante, se paseaban por el corredor de su casa frente a la playa i gritaba con picardía: “¡ Mujeres, carajo, a forrarse en hojalata que llegaron los apureños!”.
Este pariente era tan bien bonguero, por lo cual poseía la misma carga espiritual de abnegación y arrojo, así como la desbordada efusión característica para compensar entre copas y catres los largos silencio e interminables privaciones en las dilatadas soledades de sus viajes.
Parece ser que este señor, mi tío, era más apegado a los besos que a los vasos por que recuerdo bien los interminables rezongos de mi celosísima tía Pastora, los cuales una vez se referían a la gamberra del Pueblo Arriba, como a la gamberra del Pueblo Abajo, o de La Manga, o de Las Queseras. De ahí infería yo muy pequeño aún para entenderle sus galimatías, que deberían ser varias las tales gamberras, o la propia “Sayona”, entre infernal que, según las consejas populares, se ocupaba de acompañar a los noctívagos mujeriegos.
A propósito de ello, voy a referir una anécdota atribuida a mi conspicuo pariente la cual se ha quedado engarzada en la tradición familiar y no quisiera yo que se diluyese en el olvido como otras tantas sabrosas croniquillas borradas de la memoria de los pueblos.
Era costumbre de nuestros bongueros que el dueño o encargado de la embarcación se adelantara a esta en la última jornada del viaje de regreso. Es decir. El penúltimo día pernoctaba en la costa del rió, pero el siguiente continuaba por tierra por lo cual ganaba considerable ventaja puesto que los bongos cargados, impulsados por sus bogas a fuerza de palancas, eran sumamente lentos, sobre todo cuando remontaban corriente arriba.
Por este motivo y por no quedar tan lejos del poblado, el tenía un nido de amor en el sitio denominado La Regina, penúltima parada de sus viajes antes de llegar de nuevo a su casa. Se llamaba Pancha y diz que era muy hermosa, pero de un carácter tan fuerte que le dio tanta fama como sus propios atractivos, por cuyos defectos hasta mi propia tía le había advertido que esa mujer en cualquier momento iba a terminar ocasionándole un grave problema.
Ojos grandes y expresivos, boca carnosa, larga cabellera negra al gusto de entonces, senos túrgidos y opulentas ancas, acostumbrada a esperar a su amante después de bañada, y perfumada, peinándose la mata de pelo como sensual incitación al suave inicio de las eróticas caricias fielmente ansiadas.
Exactamente así lo hizo la tarde de esta historia, cuando los aguardaba procedente de Apurito, lejana población ribereña del rió apure.
Cuando ya el sol comenzaba a declinar oyó la guarura con que los banqueros anunciaban sus proximidad de horas, y el retumbar característicos de sus talones de su querido Fabriciano sobre la peneta de la embarcación, pues cada quien tiene su propio estilo para hacerse reconocer desde lejos.
Montó en seguida un sancocho de gallina, calculando  que, la lentitud de la canoa daría tiempo para que estuviera listo cuando él llegase. Después se bañó, se perfumó, arregló la alcoba i engalanó la cama con una sábana olorosa a sándalo, de una maderas orientales que guardaba en el baúl de la ropa limpia.
Cumplidos todos estos preliminares, sentóse en el corredor frente al barranco a peinarse pausadamente, en espera del hombre para el momento por tantos días añorados.
Llegó el bongo i los prácticos se encargaron de las correspondientes maniobras del atraque antes de comer i acostarse a dormir cerca del cargamento del cual eran responsables.
Mi tío, por su parte, después de acariciar a la mujer i entregarle el cariñoso obsequio que siempre le traía de sus viajes, comió, colgó la hamaca en el corredor para aprovechar la brisa de río i se acostó a descansar un rato.
La mujer recogió los trapos de la cocina, paso al dormitorio, se desvistió, empólvose de nuevo i se tendió en la cama voluptuosamente desnuda en inflamada expectativa… i esperando la rindió el sueño, porque mi tío cumplió su jornada de un solo tirón, pues involuntariamente se quedó dormido sin despertarse toda la noche.
Clareó la mañanita i los gallos estaban apuraditos enrollando la madeja de sus cantos, cuando los bingueros, caliente el buche por el trago de café colado por ellos mismos, arrancaron río arriba.
-¿Con quién vamos?
-Con Dios.
- I la Virgen.
Pancha se levantó con un pañuelo amarrado en la cabeza, su insignia guerrera cuando amanecía pletórica de reprimida ira.
El hombre comprendió, pero se hizo el loco tomándose el pocillo de café traído con desgano i observando con languidez mañanera que las gallinas se tiraban del árbol donde dormían i el gallo las recibía en el suelo haciéndoles solemnemente la rueda, sin cubrir ninguna.
La mujer –muda por tanta soberbia- observaba también la escena. Pero de repente, no pudiendo contenerse más, cogió un rolo de leña y se lo lanzó violentamente al gallo: “Toma, gallo del carajo, porque tú también como que llegaste de Apurito anoche”.
Quien me contó esta historia no podía precisar si al fin se realizaría el combate que Pancha estaba provocando. Aunque él así lo creía, pues don Fabricio, bizarro campeador de estas lides, se apareció al otro frente de batalla abierto ya en su propio hogar, cuando los loros despedían la tarde i mucho, muchísimo tiempo después que la gente de la casa había tenido que recibir la carga de la embarcación.